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Virgen del Carmen de Puerto de la Cruz - Historia

Foto: Antonio Márquez













Previo a la Conquista, y después de la integración de Canarias a la Corona de Castilla en el siglo XV, los invasores para conseguir la conversión de los aborígenes a la fe católica, trajeron imágenes de la Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos, que prendió pronto en la cultura del pueblo indígena que tenía su propia religión y adoraba, como señala Abreu Galindo, a un ser supremo del cielo, amén de los astros; por lo que al presentar los castellanos en la isla de Tenerife la divinidad en la figura de Nuestra Señora la Virgen María, “aparecida” en las postrimería del siglo XIV en la playa de Chimisay, al aprisco de una cueva del Barranco de Chinguaro, de Güimar, vieron los guanches idealizado el concepto espiritual y ritual de sus creencias, que primero prendió en los menceyatos denominados “bandos de paces” con la evangelización no exentas de esculturas reverenciadas bajo distintas advocaciones; de ahí que Fray Alonso de Espinosa señale que: “…una de las excelencias en que excede esta isla a las otras (…), es haber aparecido en ella tantas imágenes y haber tantas y tan devotas reliquias, que tantos milagros obren, que no es pequeña merced que Dios ha hecho a esta isla (…)”.

Al pie del Valle de La Orotava, y frente al litoral marino del breve perímetro del Puerto de la Cruz, se hallan Los Riscos de Martiánez, donde Cuscoy asegura se encontraba el punto de mayor concentración humana. Con Fernández de Lugo llegó el primer símbolo de la cristiandad, la Cruz, que debió alcanzar a los trogloditas de esta zona--si es que antes no fueron exterminados o vendidos como esclavos; salvo que como “alzados” se resistieran a la asimilación castellana--; porque la devoción mariana no llegaría a estos lares de Taoro sino a lo largo del siglo XVII, ya que los escasos vecinos de La Caleta de Araotava, por no existir ningún recinto sagrado en su territorio, acudían a cumplir con la Iglesia a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de La Orotava, y, posteriormente, a la ermita de 1591 de Nuestra Señora de la Paz --entonces de jurisdicción de la Villa y asistida por los frailes dominicos del convento de San Benito Abad-- donde se venera esta efigie que es la escultura de María más antigua del Puerto. Hipotéticamente, aquel núcleo poblacional de Martiánez debió tener conocimiento de la Señora; pues para D.J.Wölfed “los grupos humanos prehistóricos no se extinguieron, sino que sobrevivieron en la población actual, después de un inicial y rápido proceso de cristianización y aculturación”. 

Fervor marinero y preferencial
Sea como fuere, los marinos y mareantes del Puerto, desde la llegada de la nueva Virgen del Carmelo a mediados del siglo XX reactivaron al máximo su secular manifestación de fervor marinero y preferencial. Con algarabía de cantos, piropos y continuo balanceo procesional exteriorizan sus sentimientos más hondos. Porque esa jarana, que inspira su Madre, es plegaria que brota espontánea de sus pechos y voz perenne de un lugar donde permanecen los más firmen e inamovibles cimientos de la marinería del norte de Tenerife. 

En el devenir histórico, independientemente del antiguo patronazgo de San Telmo, el gremio marinero del Puerto de la Cruz ha vivido desde siempre otras devociones marineras que recibieron culto en ermitas, conventos e iglesias de su territorio; si bien fuera de su corsé geográfico, pues desde 1750 la gente de La Ranilla obtuvo el privilegio de portar a hombros, en la tradicional Procesión de los Marinos, de la Octava, la imagen de la Virgen del Carmen de Los Realejos, que, resistiera a rendirle tributo durante casi dos siglos a la imagen existente en el templo de su localidad. No obstante, los marineros y pescadores de la población seguían invocando a San Telmo, además de la Virgen del Rosario y Nuestra Señora del Buen Viaje. Por ello no es de extrañar que en la tercera década del siglo XX el Rvdo. Padre Antolín Fernández Martínez de Azagra, de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, instara a los portuenses a rendir culto a la imagen del Carmen de la parroquia de La Peña de Francia, para lo cual, el “padrito”, es tradición les dijo: “Nada de desplazamientos hacia otros pueblos alejados de los azares del mar. Existiendo entre nosotros la imagen de vuestras fervorosas devociones, a Ella tenemos todos que acudir a rogarle que nos conceda su gracia”. 

Y según mis apuntes, que difieren de los que otros autores llevan publicados, la primitiva imagen estuvo sumida en el olvido en nuestra parroquia hasta el 29 de julio de 1917, fecha en que se celebró una solemne función religiosa oficiada por el párroco Antonio Marín Sebastián en honor de la Patrona y una procesión, sin embarque, patrocinada por el Comandante de Marina de aquella época. Y hasta 1921 no sería embarcada, por primera vez, la sagrada imagen del Carmen procesionada a hombros de marineros. A su regreso al muelle, predicó el sermón el mencionado Padre Antolín. 

Así que después de la Virgen de la Paz, que no tuvo incidencia vocacional en los corazones de los marinos y pescadores, al igual que la Virgen de Nuestra Señora de la Peña, las otras tallas marianas, que sí la tuvieron, las encontramos, como se ha dicho, en las representaciones del Rosario y del Buen Viaje y las tres imágenes habidas del Carmen, todas ellas de los siglos XVII y XVIII, a excepción de la última, costeada en su mayoría por el Gremio de Mareantes. 

Pueblo de fe 
El deseo de los portuenses hizo que, sucesivamente, fueran desplazadas para centrar su ferviente veneración en la actual Señora del Carmelo, a la que los trabajadores de la mar recurren en sus adversidades. Esta escultura de bello rostro ranillero y mirada dulce, es obra donada por el escultor portuense Ángel Acosta Martín, la cual fue entronizada solemnemente el 19 de mayo de 1954, y que en el próximo año se cumplirá el 60º aniversario, fecha trascendental para los fieles devotos que no debe pasar inadvertida en el seno parroquial, además de organizar un acto religioso-cultural que conmemore tan significativa e histórica efeméride. En el 50º aniversario de lo que antecede, la excepción la encontramos en la publicación de un libro del investigador e historiador Fernando Viale Acosta titulado” La Virgen del Carmen de Ángel Acosta y el Puerto de la Cruz: 1954-2004”, que nos recordaba tal acontecimiento y que merece comentario aparte, además de la entrega generosa para el ajuar de la Virgen de un precioso escapulario de oro donado por los hermanos González-Carrillo y familia. 

Por último, aclarar que la primitiva imagen del Carmen se pierde en la noche de los tiempos, mientras que la segunda, de media talla, atribuida al orotavense Fernando Estévez (1788-1854), fue trasladada a la ermita de San Telmo y entronizada en el Altar Mayor de la misma, junto al mar, y de allí a la iglesia conventual de San Francisco, de donde nuevamente volvió a la parroquia, emplazándose a la entrada de la sacristía. Así que fue esta imagen la primera en abrir la actual tradición de la procesión terrestre-marítima que, cada martes de las Fiestas de julio tiene lugar en medio de un ambiente multitudinario. 

Sin lugar a dudas, a pesar de que hasta 1901 no se declaró a la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de la Marina, que lo es de hecho de todos los navegantes, y que ya desde el siglo XIII había sido llamada por san Simón Stok “Estrella del Mar”, la advocación portuense data del siglo XVII cuando se acentuó el auge de esta población formada por portugueses, ingleses, franceses y catalanes dedicados al comercio. 

El Puerto de la Cruz ha tenido siempre su historia al socaire de sus advocaciones, porque es pueblo de fe y beneficiario de sus santos patronos. En el caso de la gente de la mar, la actual y venerada Virgen del Carmen es luz y guía del bregar diario y la llevan en el corazón no sólo los marineros y sus familias, sino toda la población portuense. O tal vez porque como me contara un viejo pescador del Puerto: “la Vigein dei Caimen hecha por uno del Pueito es la más bonita dei mundo”.



Melecio Hernández Pérez
Investigador y escritor.
 
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