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Aluvión de 1826 en el Valle de La Orotava - pérdidas humanas y materiales

Vista del Realejo Alto e iglesia de Santiago Apóstol 
Las pérdidas humanas y materiales en el Valle de La Orotava, según las fuentes parroquiales

Miguel Ángel Pérez Padilla & Jerónimo David Álvarez García

La isla de Tenerife fue la más castigada por el terrible aluvión acontecido la noche del 7 al 8 de noviembre de 1826, cuando lluvias torrenciales y vientos huracanados causaron inmensas desgracias personales, hicieron desaparecer casas, terrenos de cultivo, canalizaciones, puentes, ermitas, castillos y embarcaciones, además de modificar sustancialmente el paisaje. Fue tal la magnitud de este temporal que ha permanecido en la memoria colectiva de los habitantes de Tenerife, siendo recordado por la prensa insular desdemediados del siglo XIX hasta la actualidad, como se deduce de un rotativo insular en el que se da noticia de unas copiosas lluvias en La Orotava, que rememoran el aluvión y “en las que los daños recibidos son mayores que los del año del 1826 llegando el caso hasta hallarse incomunicados por las barranqueras”.(1) Además, este suceso aparece recogido en multitud de narraciones y documentos a los que podemos tener acceso hoy
en día, entre otros de Sabino Berthelot(8), antropólogo y naturalista francés, que fue testigo directo del mismo, José Agustín Álvarez Rixo (3), cronista del Puerto de la Cruz y alcalde de esa ciudad, las viajeras Florence Du Cane (4) y Elisabeth Murray (5), el profesor Domingo Savignon y el geólogo alemán Leopold von Buch (6),que años antes del aluvión alertó en su obra de la intensidad de la erosión del terreno debida a la tala indiscriminada, relegando la flora a meros matorrales. Así, el viajero norteamericano Daniel Jay Browne nos recuerda en su obra que (7) visitó“el jardín de Mr. Cólogan donde se encuentra el gran drago
que Humbolt mencionara”, y cómo durante el aluvión se partió y el temporal se llevó la mitad” (8), lo que confirma los destrozos ocasionados por las lluvias, aportando una cifra de fallecidos semejante a la que en este trabajo sugiere y la constatación de la desaparición de la imagen de Nuestra Señora de Candelaria de su santuario sureño. Concluye con una sorprendente hipótesis donde Browne nos recuerda en su obra que (7) visitó“el jardín de Mr. Cólogan donde se encuentra el gran drago que Humbolt mencionara”,y cómo durante el aluvión se partió y el temporal se llevó la mitad” (8), lo que confirma los destrozos ocasionados por las lluvias, aportando una cifra de fallecidos semejante a la que en este trabajo sugiere y la constatación de la desaparición de la imagen de Nuestra Señora de Candelaria de su santuario sureño. Concluye con una sorprendente hipótesis donde afirma que el aluvión contribuyó a disminuir la altura del Teide, pues “me han comentado que la apariencia del Pico es sensiblemente distinta de la anterior al desastre de 1826, si comparamos la silueta actual con los dibujos que se conservan de épocas anteriores, la coincidencia es mas bien escasa”, (9), si bien no esta demostrado científicamente y más parece una exageración de una vivencia o hecho traumático, aumentado por la rumorología popular.

Las pérdidas humanas y materiales de esta catástrofe natural quedan bien reflejadas en los testimonios antes citados, a los que se une el interesante relato de don Antonio Santiago Barrios (10). Este párroco realejero registró los sucesos acaecidos esos días de noviembre. Su texto recuerda que “jamás los habitantes de la isla de Tenerife, después de la Conquista, habían visto ni experimentado un suceso tan lastimoso ni que más deba conservarse en la memoria de los hombres como lo sucedido el año 1826, en la noche del 7 de noviembre y el día 8, noche y día que debieron hacer punto fijo, para empezar una nueva época, y en particular para los habitantes desde la Fuente de La Guancha y San Juan de la Rambla hasta el Risco de La Orotava” (11).

Prosigue este documento con la descripción de los calores de“tiempo sur”, comenzando la lluvia el día 7 a las 8 de la mañana, ambientado con “grandes ruidos que no se sabía de dónde provenían”.El caudal de los barrancos aumentó espectacularmente, unido a la abundante lluvia, viento y relámpagos. Al día siguiente, desde la mañana una gran niebla cubrió la atmósfera, mientras los vecinos comenzaban a salir autelosamente de sus casas sin dar crédito al dantesco panorama. El temporal había ampliado el cauce de los barrancos y destruido casas, terrenos y vías. Cuando el párroco fue avisado para acudir al pago de la Cruz Santa, donde debía sepultar a varios fallecidos, se unió a una cincuentena de hombres viviendo una odisea, sorteando paredes y barrancos hasta llegar a ese lugar. Una vez llegó, consoló a sus vecinos y ofició por los difuntos. Después, él mismo “cogió la azada” y ayudó a cavar las fosas para los vecinos fallecidos. La búsqueda de cuerpos prosiguió en otros lugares del municipio, como en las playas y “al llegar al barranco de la Raya, encontraron el cuadro más horroroso, porque se puede afirmar que había casi tantos cuerpos muertos como callados; entre ellos había cuerpos de gente, de bueyes, burros, cochinos, cabras, ovejas, perros, caballos, etc., madera que había sido de casas, fragmentos de un barco, (...)”,e incluso retamas. Los cadáveres se enterraron en la playa y en el Puerto de la Cruz debido a su estado de descomposición. El documento concluye con la narración de lo sucedido en Higa, la Rambla y Realejo de Abajo.

Por último, los libros de difuntos de las parroquias del Valle son complemento oficial a las anteriores narraciones. En los de Santiago Apóstol del Realejo Alto leemos la siguiente nota: “Desgraciados en el Alubión del siete y ocho de Noviembre,“de la que se desprenden los enterramientos ya citados del día 9 en la tarde en la ermita del pago de la Cruz Santa. Los fallecidos fueron: “Antonia Martín Fernández, soltera, de edad de sesenta años, hija legítima de Tomás Martín y María Canónigo. María Martín Galano, de edad de cuarenta años, hija de Domingo Martín Galano y Rafaela Fernández, mujer de Antonio Rodríguez Trujillo. Tomasa, de edad de cuatro años, hija legítima [de los anteriores]. Brígida Rodríguez, mayor de sesenta años, natural de Candelaria, soltera, hija legítima de Juan Rodríguez y María Baute. Cecilia, de edad de seis años, hija legítima de Antonio Marrero y Manuela Chaves. Únicas personas de las quince que faltaron del pago de la Cruz Santa y fueron víctimas de la desgracia del crecimiento de Barrancos en el Alubión (...) cuya abundancia hicieron destrozos imponderables”. Al día siguiente se enterró a“María, de edad de dos años y seis meses, hija de Rafael, natural de San Juan de La Villa de La Orotava, y Jerónima Hernández Albelo, de la Concepción de La Orotava y vecinos del Pago del Barranco de Las Lajas. Domingo, de edad de seis meses, hijo de Domingo González Corvo y Juana González Chaves, de esta vecindad en La Cruz Santa”. Como se ha dicho más arriba, y motivado por la descomposición de los cuerpos, se dio sepultura en “la Playa de La Lageta a varios cadáveres que arrojó el mar de los muchos que perecieron de este jurisdicción de Realexo de Arriba, del Pago de Las Rosas, de La Cruz Santa, Barranco de Las Lajas y Dehesa (12), lo que por muy desfigurados no se pudieron conocer y fueron víctimas del Alubión (...) por todos los cuales se hizo en esta P[arroquia] de Santiago del Realejo de Arriba una función fúnebre con la mayor pompa y solemnidad posible con la concurrencia de todo el clero y mucha parte de los vecinos del pueblo y para que conste lo firmo. Sebastián Olivero de la Guardia”(13).

Mientras, en el vecino pueblo del Realejo de Abajo su párroco registra que“en ocho de Noviembre de este presente año (...) se enterraron en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Concepción a Nicolasa de Aguiar, hija legítima de Vicente de Aguiar y Vergara, naturales de este lugar, y Josefa Hernández, que lo es de la Concepción de La Orotava; mujer legítima de Esteban Luis Mansano; de edad de cuarenta y nueve años que en unión del expresado su marido y cinco hijos que conviven a la vez: Manuel de veinte y un años, Juana de diez y ocho, Vicente de catorce, que aparecieron y sepultaron el mismo día; y José de diez y siete con Juana de nueve, que no se encontraron, perecieron y arrebató el barranco de este dicho pueblo en la noche anterior del espantoso aluvión. Juntamente con Pedro Hernández Henrique, hijo legítimo de José Hernández y María Rodríguez, con su legítima mujer María Pérez de Barrios, hija legítima de Juan José y Cayetana Pérez de Barrios; de edad ambos de veinte y ocho a treinta años, con sus hijos Dominga de seis, Jerónimo de cuatro, María de tres y Antonia de uno. Asimismo, Antonio José de Acosta, hijo legítimo de Amaro Francisco de Acosta y María Rodríguez, de edad de ochenta años, marido de Antonia María de Aguiar, natural de este pueblo y de los cuáles aparecieron y se les dio sepulcro el mismo día, Domingo y Antonia con la referida su madre”. (14)

Don Manuel Ildefonso Esquivel (15) registró que “en nueve de Noviembre de 1826 años, dio sepultura en la ermita de San Juan que fue Convento Francisco, al cadáver de Josef Hernández Trujillo, que pareció ser el mismo que la noche del siete llevó con toda su casa en el Pago de San Antonio de este mismo Puerto, el aluvión acaecido en dicha fecha; se desconoce su estado y filiación, de edad sesenta años poco más o menos. Se tiene entendido haber testado en la Villa de La Orotava”. En las notas de este volumen se lee “que de resultas del Aluvión acaecido, ha de haberse enterrado en las ermitas de San Juan y San Pedro Telmo de este Puerto de la Cruz y en su Camposanto, diferentes cadáveres según se le iba descubriendo en los barrancos de Martiánez y el que desagua en las playa del Castillo de San Felipe, como también de los que sucesivamente arrojaba el mar en sus riveras, de los cuales algunos parecían por sus vestidos ser de los franceses naufragados en esta costa dicha noche en una fragata. Otros pertenecientes a los pueblos de Realejo de Arriba en la Cruz Santa y en el Pago de Las Dehesas y otros de la Villa de La Orotava en el Pago de Las Arenas y algunos de este Puerto; cuya nota extiendo por las noticias que se me han dado por haberme sido imposible el poderlas presenciar y conocer”. La relación de fallecidos es la que sigue:“Pedro Méndez y Juana López su mujer, vecinos del Pago de Las Arenas en la Villa de La Orotava; y sus hijos: Josefa, María y Josef, todos célibes. Fernando Martín Rivero, vecino del Pago de Las Arenas en la Villa de La Orotava, de edad de catorce años. Al parecer Bernarda Nuñes, mujer de Rafael Martín en el Pago de Las Arenas de La Orotava, de treinta años de edad al parecer y sus hijos: Domingo, Antonio y Rafael. Juana y Antonia Galano vecinas del Pago de Las Arenas y Domingo Galano.

Manuel Eugenio, español que enseñaba las primeras letras a niños, María Lugo su mujer, Dominga su hija y Rita Lugo su cuñada, vecinos del Pago de Las Arenas. Juan Bueno, su mujer María Medina y Carlos su hijo, vecinos de Las Arenas de la Orotava. Juana Martín, mujer de Francisco Álvarez, hija legítima de Andrés Martín y de Ana María Nuñes, vecina de este Puerto de la Cruz. Juan Álvarez, Petra Álvarez, Francisca Álvarez, hijos de Francisco Álvarez y de Juana Martín, dos de los cuales fueron hallados en medio de los escombros de su casa en la Calle de Las Cabezas y Josef, hijo natural de Juana González, vecino de este Puerto del Pago de San Antonio.” Días más tarde, “en doce de noviembre fue conducido al Camposanto de este Lugar y Puerto el cadáver de Mateo Hernández, marido de María Valentina, hijo legítimo de Fernando Hernández y de María Valentín naturales y vecinos de este Puerto en el Pago de San Antonio. Falleció el día anterior a los cincuenta y dos años de edad, al parecer de haberle traído el agua del aluvión acaecido el siete del presente desde dicho pago hasta la calle de Las Cabezas; confesó y no se le pudo administrar más sacramentos, no testó” (16).

Desde La Orotava sus clérigos nos legan este testimonio, cuando“el día siete de noviembre de mil ochocientos veinte y seis comenzó un fuerte aluvión desde las diez u once de la mañana, duró hasta las ocho del día nueve haciendo imponderables estragos, derrumbando casas, abriendo nuevas barranqueras, llevándose muchas tierras y personas no solo de esta isla, sino también de las demás, cuyo número de difuntos aún no se sabe fijamente, pero entre este pueblo, Realejos, Puerto de la Orotava, San Juan de la Rambla y Guancha habían sido trescientos más o menos y de los de esta parroquia sólo se han encontrado los que constan en las partidas siguientes.

Estos son algunos de dichos registros: el día 9 José Méndez fue enterrado en la ermita de San Jerónimo, también Juana, de 14 años, y María de 22, hijas naturales de María Canaria en dicha ermita por ser inaccesible al cementerio, junto a Juana Farrais y María Rodríguez, de 14 años. Afortunadamente, disponemos de un balance de daños descrito por los sacerdotes, en el que se “manifiestan los estragos que causó en la isla de Tenerife el temporal (...) en los veintiún pueblos que componen el distrito de la subdelegación de policía del partido de La Orotava. Pérdida de personas, animales y valor de terrenos destruidos y noticias sobre este acontecimiento terrible”.


La siguiente anotación nos aclara que “en las 32 personas muertas que van anotadas en el Puerto de la Cruz, se cuentan las quince que se ahogaron de las 19 de la fragata francesa “La Joven Gabrielle”, que con el mismo temporal en estas peñas la madrugada del 8 sin haberse visto de tierra el día antes. Los dos barrancos en medio de los cuales está situado el Puerto arrastraron tanto material que retiraron el mar 250 varas el del poniente y 200 el del naciente, en donde arruino una fortaleza que no se repone en cuatro mil pesos. El del poniente que baja a dicho Puerto por la Montañeta llamada del Fraile, es tanta su extensión en el día, al pie de ella que siendo anteriormente de 50 a 60 varas de ancho tiene ahora 422 varas. En la Villa de La Orotava formó el aluvión doce barrancos de más de los que había en sus contornos. Dos hombres del lugar de la Guancha y que uno de ellos se hallaba en la isla de la Gomera conoció allí el cadáver de su amigo y compañero entre los que la corriente del mar llevó a dicha isla. En los trece pueblos del partido que no van anotados no hubo perdida de personas, pero fue tanto el estrago que causó el viento que en algunos levantó tejados y arrancó los arboles. En los pueblos de Buenavista, Santiago y Arona tuvieron la curiosidad de valorizar los terrenos destruidos y llega su valor en los tres a 22.900 pesos corrientes”.Mientras, el total de fallecidos en La Villa de La Orotava ascendió a 118 personas (87 adultos y 31 niños), recibiendo sepultura eclesiástica tan sólo 18 por lo que los desparecidos o“llevados por el mar”sumaron el centenar de vecinos.

Prosigue el relato con otra nota: “A las once y media del día seis se cubrió la atmósfera de una nube gruesa acompañada de un viento sur muy violento y una agua estropeada que duró como una hora, tiempo en que sobrevino un norte igualmente fuerte que parece puso en pugna con el otro viento.

Sus remolinos y continuada agua se fueron aumentando por grados al paso que extendió sobre la tierra una niebla que aumentó la oscuridad. A todo esto seguía un ruido espantoso que constantemente fue en aumento hasta el día y cesó enteramente a las veinte y cuatro horas. Aunque el valle permaneció cubierto de nubes no tan densas. En medio del ruido que se ha hecho mérito, se advirtió un movimiento de trepidación en la tierra, cuyos golpes aunque leves se percibieron con frecuencia desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana y de sus resultados se cree dimanó el numero de edificios arruinados (...), Domingo Hernández Quintero”. (17)

Un último punto es la confirmación de los desperfectos ocasionados por la riada en las tierras del convento de Agustinas Recoletas de Realejo Bajo, cuando“hallándose el Convento en la actualidad con bastante escasez (...) para atender a la precisa manutención, como al reparo de las ruinas causadas por el aluvión de siete del corriente cuyas avenidas dejaron sin cerca la propiedad principal del Monasterio y demolieron las paredes de la casa que llaman El Patronato”. (18)

Probablemente, el daño psicológico fue más duradero que el material, quedando presente en el subconsciente colectivo. El balance de este análisis arroja 189 muertos en los tres municipios actuales del Valle de La Orotava, por lo que el número de fallecidos ascendió aproximadamente al 1% de su población. No obstante, la cifra debió de aumentar debido a posteriores fallecimientos de heridos y por el descenso del nivel de vida, empeoramiento de las medidas higiénicas y aumento de las enfermedades, cifra difícil de evaluar, pues en los registros parroquiales no constan esas coyunturas.

Nota de los autores:
Nuestro agradecimiento a las personas e instituciones que han brindado su ayuda para la feliz conclusión de este trabajo, especialmente al personal del Archivo Histórico Diocesano de Tenerife y del Archivo Histórico Provincial de Tenerife.
Miguel Ángel Pérez Padilla 
Jerónimo David Álvarez García

Fuentes: (1) El Eco del Comercio Nº 791, miércoles 30.11.1859. Santa Cruz de Tenerife. (2)Berthelot, Sabino, Primera Estancia en Tenerife 1820-1830, pp 187-194. (3)Álvarez Rixo, José Agustín, Anales del Puerto de la Cruz de La Orotava (1701-1872) pp 291-296 y Noticias Biográficas de algunos isleños canarios, pp 85- 95. (4) Du Cane, Florence, Las Islas Canarias, p 40. Esta autora da erróneamente el año 1820 como fecha del aluvión. (5) Murray, Elisabeth, Recuerdos de Tenerife, pp 161-166. Donde se ofrecen cifras de fallecidos y desperfectos aproximadas a las presentadas en este trabajo. (6) Buch von, Leopold, Descripción Física de las Islas Canarias. (7) Browne, D.J. Cartas desde las Islas Canarias, pp 98-99 y 103. (8) Realmente este drago fue parcialmente derribado en un temporal de 1819 y finalmente abatido por otro de 1867. (9) Browne, D.J. Cartas ..., p 107. (10) Párroco de Santiago del Realejo Alto (1822-1849), fue comisionado de la desamortización del convento de San Juan Bautista del Realejo, falleció el 11.06.1849 a los 62 años. (11) Para la versión íntegra de este documento remittimos a Álvarez, Leopoldo en ww.tiempo.com/ram/151/elaluvion-del-ano-de-1826-resenado-por-el-beneficiado-de-la-iglesia-del-realejo-alto-isla-de-tenerife-don-antonio-santiago-barrios y Hernández García, Jesús Manuel en “162 Aniversario del Aluvión en el Valle de la Orotava”, La Prensa ELDIA, 20.11.1988. (12) Por esas fechas ese pago pertenecía a la jurisdicción del Realejo Alto. (13) Libro 5º de Entierros, folios 156 y 156 vto, parroquia de Santiago de Realejo Alto. Archivo Histórico Diocesano de Tenerife, en adelante A.H.D.T. (14) Libro 5º de Entierros, folios 181-182, parroquia Ntra. Sra. de la Concepción de Realejo Bajo. A.H.D.T. (15) Párroco de Ntra Sra de la Peña de Francia de Puerto de la Cruz (1815-1862) y mecenas de la misma; la construcción de su torre y la remodelacion de la fachada corrieron a costa de su peculio, falleció en 1862 a los 84 años. (16) Libro 9º de Entierros, folios 46, 46 vto y 47, parroquia Ntra Sra de la Peña de Francia, Puerto de la Cruz. A.H.D.T. (17) Libro 11º de Entierros, parroquia de San Juan Bautista de La Orotava. A.H.D.T. Remitimos a este volumen para la consulta de la relación completa de fallecidos en La Villa de La Orotava. (18) Libro de Actas del Convento de Recoletas Agustinas del Realejo, 1824-1833, p 15. CONVENTOS 3281. Archivo Histórico Provincial de Tenerife.
 
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