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La trascendencia de la higuera en La Palma



Néstor J. Pelletero Lorenzo
La importancia histórica de este frutal en La Palma viene precedida de su plantío en la mayoría de sus medianías, y adquiere una mayor representación en el sotavento, la zona resguardada de la incidencia de los vientos alisios. La higuera, como cualquier propiedad en siglos pasados, era un bien de importancia y los ejemplares aparecían en testamentos donde los beneficiados heredaban estos frutales como un bien patrimonial de gran estima; un hecho perfectamente entendible debido a su gran valor nutricional.

La producción agrícola obtenida de la higuera siempre era ventajosa: unos mínimos cuidados -limpieza de las ramas secas y el escardado de las hierbas y una gran fructificación permitían obtener una cuantiosa remesa para el consumo familiar y el excedente era destinado al trueque o a la venta, al actuar como aporte económico a la paupérrima economía rural, haciendo más llevadera la vida.

Mayormente, el consumo de higos se efectúa cuando presentan un estado de deshidratación completa. La forma natural escogida para el secado de estos frutos ha sido su disposición bajo los rayos solares, sobre un manto de pinillo como norma general. En condiciones habituales, el deshidratado de los higos con un sol regular y continuo abarca hasta ocho días, debiendo dárseles la vuelta todos los días mediante el pasado de la mano sobre ellos. Todavía, algunas personas del medio rural siguen este método para el secado de los higos, concediéndoles el punto exacto de dulzura.

La arquitectura rural aparece muy ligada a este frutal. La gran cantidad de higos recolectados en las higueras, sobre todo los últimos de la temporada, se veía amenazada por las lluvias otoñales, impidiendo su secado frente al sol. Cuando esta circunstancia tenía lugar en el sureste de La Palma, Mazo y Fuencaliente, por la llegada de las aguas pluviales, el horno de secar higos era la solución. La prueba física de esta afirmación es la presencia de innumerables hornos repartidos por la geografía mazuca y fuencalentera.

El calentamiento previo de la cámara del horno proporcionaba el calor para el deshidratado de esta fruta. La fisonomía del horno se compone de una base cuadrangular, una boca es una de sus paredes a media altura y un techo abovedado, a dos aguas o una, según la costumbre de cada sitio.

El funcionamiento del horno seguía un modo sencillo: primero, la leña fina calentaba el interior de la cámara, otorgándole la temperatura suficiente, la cual va disminuyendo hasta el grado calórico deseado; acto seguido, sobre una panera o las ramas verdes de helecheras se depositaban los higos, cerrando la entrada y la chimenea, orificios por los cuales se desalojaba el humo durante el calentamiento. Después de un periodo prudencial y ya conocido por el agricultor, la entrada se destapa y se retiran los higos ya horneados, con la pérdida de su agua, y se introducen en la caja de tea.

Los higos pasados fueron moneda de cambio en las localidades rurales hasta hace poco más de medio siglo. El uso de dinero en las transacciones comerciales no era habitual, y se recurría al trueque entre los vecinos de distintas localidades. Por ejemplo, los gallegueros -naturales del barrio barloventero de Gallegos confeccionaban balayos que luego intercambiaban por la cantidad de higos pasados capaz de retener el interior de la pieza cestera a los habitantes de Las Tricias y El Castillo, en Garafía, en su comarca más cálida.

En el sentido contrario, uno de los pocos productos con los cuales los habitantes del sotavento palmero podían comerciar con los municipios más húmedos eran los higos pasados. Su transporte, en cestos de mano o espuertas, obligaba a recorrer largas distancias para llegar a sus destinatarios, a vecinos cuya producción agrícola arrojaba un excedente de papas y coles, o para su ofrecimiento en mercados insulares -la Plaza del Mercado o La Recova en Santa Cruz de La Palmapor parte de los mazucos y los fuencalenteros.

Los beneficios de la higuera no solo se circunscribían a los higos; su madera y sus hojas ofrecieron otras utilidades. La suavidad de su madera facilitó la fabricación de cabos para laperos -útil para la recolección de lapas mediante un sutil toque para provocar el desprendimiento del molusco adherido a la rocay las hojas para el resguardo de los higos en el cesto de mano en el momento de su recogida.

Todas las familias contaban con varias higueras, una fuente imprescindible de alimentación ya que su deshidratado permitía contar con ellos en cualquier momento del año; incluso, aquellas comarcas cuyas condiciones apenas permitían el desarrollo de estos frutales, sus pobladores se desplazaban a los pueblos más cálidos de esta ínsula para poder aprovechar este alimento durante las estaciones húmedas del año.

La toponimia palmera registra ejemplos asociados a la higuera. El Roque de la Brevera Macha, una de las elevaciones destacadas de la Caldera de Taburiente, hace alusión a una variedad de higuera, y especifica su dificultad para generar frutos; la Higuera Negra, en Garafía, o las Higueras Negras, en Mazo, vuelven a expresar una clase concreta de este frutal; o las Higueras del Josco, en el Valle del Riachuelo, en El Paso, nos trasmite cómo un punto en el territorio alude al sobrenombre del propietario del terreno.

En la actualidad, ese pasado esplendoroso, donde las higueras acaparaban parte del protagonismo de la agricultura de secano, apenas muestra vestigios, sólo mantenidos por unas pocas personas que conservan la tradición de la deshidratación de esta fruta.
 
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