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Las leyendas del Barranco de Badajoz, en Güimar, Tenerife

Barranco de Badajoz (Güimar, Tenerife) - Foto: Carlos Antolín
En el barranco de Bajadoz, hay muchas leyendas y sucesos fantásticos, pero quizás estos dos, sean los más reputados o al menos contados entre sus habitantes.

Los Abismos del Barranco de Badajoz
En el Barranco de Badajoz (Güímar, Tenerife) el omnipresente silencio y la belleza del paraje son testigos mudos de los secretos milenarios que éste encierra. En su interior alberga, además, recónditas galerías de agua donde antaño trabajaban los lugareños en busca del preciado oro líquido. Sin motivo aparente, estos mineros abandonaron sus herramientas de trabajo, sus hogares y, sin echar la vista atrás, huyeron del lugar. ¿Por qué? ¿Cuál fue el hecho que los ahuyentó de su trabajo, el único medio que tenían para subsistir?
Muchos son los afamados investigadores que han intentado resolver el misterio de la pavorosa espantada. Los sabios del lugar, los mayores, dicen que a principios de siglo (1912), dos mineros que se afanaban infructuosamente en encontrar una galería viable, derrumbaron una pared donde se toparon de frente con dos maravillosos seres de luz. Reza la leyenda, la profana, que éstos les invitaron a acompañarles y les indicaron el lugar idóneo para cavar. Otra versión, contrariamente, afirma que un pavor se apoderó de ellos y escaparon en búsqueda de la Guardia Civil. No hay documentos que corroboren esta última, pero la realidad es que, desde la huida, nadie habita en el barranco. Nadie se atreve.

Las galerías de agua quedaron desiertas, abocadas al olvido. Empero su soledad no impidió que germinaran, como la más espesa neblina, más leyendas acerca del sobrecogedor paisaje. Comparten protagonismo con los seres de luz unas esferas de luz blanca que se apoderan del frío de la noche; una gélida temperatura que, a su antojo, se vuelve agradable, cálida, como una breve caricia en el devenir de las horas. Eso es lo que dicen muchos aventureros que, a pesar de haber sido alertados por los güimareros, se adentraron en los precipicios de lo desconocido.

En el llamado también “puerta a otra dimensión”, presenciaron hechos que se escapan a la imaginación: seres alados que, curiosos, se acercaban a darles una bienvenida. Prueba de ello, es la fotografía tomada por Teyo Bermejo (expedición en 1991), que sin saber bien a qué o quién disparaba su cámara, captó una instantánea del espeluznante ser. Años más tarde, osó en volver al barranco para conseguir más imágenes: esta vez, los insignes retratados fueron las esferas de luz blanca que danzaban, despreocupadas, entre la vegetación.

Con el miedo en el cuerpo, aquellos que se han atrevido a pasar una noche en sus entrañas, la mayoría escépticos, al día siguiente confirmaron que no pasaron la velada solos: escucharon murmullos de hombres y mujeres que, a modo de indescifrables conversaciones, brotaban de las entrañas de la tierra, acompañados por un continuo caer de piedras. Pocos son, muy pocos, los que se atreven a regresar al Barranco de Badajoz, abismo de misterios.

La niña de las peras
La leyenda de la Niña de las Peras es una de las más populares y a la vez la que ha sufrido más transformaciones a lo largo del tiempo. Según las referencias encontradas podemos situar el inicio de los hechos entre 1890 y 1910.

Unos padres enviaron a su hija al Barranco de Badajoz en busca de fruta, pero la niña desapareció. Es de suponer que la zona fue minuciosamente rastreada por los vecinos del lugar, sin embargo la niña no apareció. Al menos no en aquellos años. Para sorpresa de sus padres, la niña tocó a la puerta de su casa varias décadas más tardes, y en su regreso, la niña seguía manteniendo el mismo aspecto que tenía el día que desapareció.

Lo que la niña contó después de su reaparición fue lo siguiente: 
Al parecer fue hasta el Barranco en busca de la fruta que sus padres le habían encargado, y se quedó dormida al pie de un peral, donde más tarde fue despertada por un ser muy alto vestido de blanco. Lejos de sentirse asustada, aquel ser le inspiró confianza, por lo que accedió sin reparos a la invitación que éste le hizo de que lo acompañara.

La niña siguió a aquel extraño ser hasta el interior de una cueva en la que habían unas escaleras por las que descendieron. Al finalizar del descenso se encontraron en un jardín en el que habían más seres como el que la había guiado hasta allí, todos vestidos de blanco. La niña se entretuvo unos minutos charlando con ellos hasta que al fin su extraño acompañante la guió de nuevo a la salida de la cueva y se despidió de ella. Para ella no habían pasado más que unas horas, pero para sus padres habían transcurrido 30 años.



Ver también, de la mano de Carlos Antolín: Ruta Barranco de Badajoz - Güimar - Tenerife

 
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