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Plaza del Príncipe, 160 años de romanticismo en Santa Cruz



Los franciscanos del convento de San Pedro de Alcántara, además de construir iglesia, capilla (Orden Tercera) y un convento de dos claustros, poseían una huerta de 8.570 metros cuadrados, en la que cultivaban hortalizas y legumbres para su alimentación, regadas con el agua del barranquillo del Guaire, San Francisco o de los Frailes; barranco que, al ser abovedado, daría lugar a la calle Ruiz de Padrón.

Cuando los frailes fueron desalojados, por la exclaustración de 1820, sus bienes pasaron al erario público y, en 1852, a Gabriel Pérez, como consecuencia de la desamortización del trienio liberal.

En aquellos años, Santa Cruz necesitaba de un lugar para el descanso y solaz de los vecinos, y como la citada huerta reunía estas características, el Ayuntamiento intentó por todos los medios adquirir este terreno para la futura plaza principal. En 1856, el alcalde Bernabé Rodriguez llegó a un acuerdo con la hermana y cuñado del propietario del solar, residente en Cádiz, quienes vendieron la propiedad por 90.000 reales de vellón (rvn), la mitad al contado y la otra mitad a plazos.

Para obtener la citada cantidad, el Ayuntamiento aportó 36.764 rvn y abrió una suscripción popular, encabezada por el citado alcalde, con 4.000 rvn, seguida por los concejales y destacadas personalidades de la ciudad, reuniéndose 41.236 rvn. Como todavía faltaban 12.000 rvn, Ramón Mandillo, Isidro Guimerá y José García-Ramos, los mayores contribuyentes de Santa Cruz, los prestaron sin intereses.

La compra del solar se formalizó el 7 de diciembre de 1857 y al día siguiente, comenzaron las obras para formar la explanada. Acto simbólico en el que la compañía de bomberos, después de asistir a la función religiosa de su Patrona, celebrada en la parroquia de la Concepción, procedieron a derribar el muro que daba a la calle del Norte (Valentín Sanz) por donde accedieron el alcalde, gobernador civil, capitán general, autoridades civiles y militares y numeroso público. El acto fue amenizado por la banda de música del Batallón.

En este sencillo y emotivo acto, el gobernador civil, después de pronunciar unas breves palabras, expuso a la concurrencia que los oficiales de la fragata de guerra española Berenguela, que acababa de llegar al muelle, le habían comunicado el nacimiento del príncipe de Asturias (Alfonso XII), por lo que consideraba que a la incipiente plaza se le debía dar su nombre. La propuesta fue aceptada por unanimidad y, en uno de los árboles, el gobernador colocó una tablilla que decía “Plaza del Príncipe de Asturias, Diciembre de 1857”. La plaza quedaría así designada hasta el triunfo de la revolución de septiembre, (La Gloriosa) en que, por acuerdo municipal, se denominó Alameda de la Libertad, aunque este nombre no tendría suficiente arraigo popular.

Los planos de la plaza, sus alineaciones y rasantes de las calles colindantes fueron confeccionados por el arquitecto municipal Manuel Oráa y Alcorcha. Las obras comenzaron a realizarlas los reclusos confinados en el penal que, al ser retirados por órdenes superiores, las tuvieron que continuar los soldados, gracias a la colaboración del capitán general Narciso Atmeller y Cabrera.

Los cuatro frentes de la plaza fueron enmarcados con asiento de sillería de las canteras de El Sauzal, colocando sobre estos muros una verja de hierro fundido, con lo que quedaba herméticamente cerrada.

La plaza se abrió al público el 29 de octubre de 1860, aunque, para poder terminar las obras, en ella se fueron celebrando verbenas y se instalaron bazares en los que se vendían chucherías, rifas, etc.

A la vez, el ornato de la misma se fue ejecutando muy lentamente, gracias a la colaboración de las autoridades y donaciones de los vecinos.

El gobernador de la provincia propuso colocar en su centro una estatua del Príncipe, pero el alcalde manifestó que el estado financiero del Ayuntamiento no permitía tal desembolso y propuso acudir a la reina para que la donara a la ciudad, hecho que no tuvo efecto.

En 1864 llegaron de Cuba los laureles de India, que aún continúan dándole sombra, traídos y regalados por el capitán Domingo Serís Granier.

En 1866, Manuel García Calveras (años más tarde alcalde de Santa Cruz) donó dos estatuas de mármol de Carrara que representan la Primavera y el Verano, siendo colocadas sobre columna de granito basáltico en la entrada principal a la Plaza, por la calle del Norte (Valentín Sanz). Este ejemplar ciudadano también realizaría una colecta para construir la escalinata que da a la calle Ruiz de Padrón.

En 1867, el Ayuntamiento adquirió en Génova (Italia) 14 jarrones de mármol de Carrara para adornar todo el perímetro de la plaza. A principios del siglo XX serían colocados otros jarrones similares, encargados a la fábrica Granados de Santa Cruz.

En las fiestas del 25 de julio de 1870, la plaza se iluminó por primera vez, utilizando los faroles de petróleo que había en la calle de la Marina.

En 1871 se colocó la fuente de hierro fundido que la Junta de Mejoras y Ornato de la Alameda de la Libertad (nombre que ostentó la plaza tras el cambio político de 1868) había encargado a A. Handyside Co.men Derby (Londres).

Plaza del Príncipe (Fernando de Massy 1900-1901)
La fuente estaba compuesta por un basamento exagonal que terminaba en un capitel corintio. En cada una de sus caras tenía una cabeza de león que arrojaba agua por la boca. Sobre el capitel, de 5 metros de altura, descansaba una gran taza circular, en cuyo centro se elevaban tres tritones con surtidores de agua por las narices que, en sus colas entrelazadas sostenían una taza más pequeña, también circular, en cuya parte exterior tenía seis cabezas de león que también arrojaban agua por sus bocas. En medio de esta taza se encontraban las figuras de dos niños abrazados que sostenían el juego del agua.

La fuente permanecería en pie hasta 1929, en que fue sustituida por el quiosco de música actual. Una taza de la citada fuente se conserva en un extremo de la Plaza.

Ese mismo año, Emilio Serra, alcalde de Santa Cruz, aprovechando los tradicionales paseos que en la plaza se celebraban durante las fiestas del 25 de julio, constituyó una comisión para montar un bazar y obtener beneficios para poder continuar las obras. Con los 31.867 rvn. recaudados se terminaría de construir el costado sur de la plaza, con su espaciosa escalinata.

Los primeros bancos para el descanso de los viandantes llegaron de París en 1873, estrenándose con paseo y música, amenizada por la banda La Bienhechora desde el templete. En 1930, al derribarse el elegante templete de la música, de madera, daría paso al kiosko actual de cemento.

Con la llegada de los faroles de hierro fundido, en 1903, que se añadirían a los que ya habían venido de Marsella, se completó el alumbrado.

En 1994, se colocó la escultura en bronce, denominada “Courage” del autor Hanneke Beaumont y, en 2014, se inauguró una escultura, a tamaño real, de Enrique González Bethencort, fundador de la Ni Fú-Ni Fá, realizada en los talleres Bronzo (La Laguna).

Este gratísimo rincón de tranquilidad tuvo desde su inauguración la predilección de los chicharreros pues era el punto de reunión y esparcimiento de los vecinos de la capital, de los paseos con música, de las verbenas con derroche de luz y alegría, de las grandes concentraciones conmemorativas del 25 de julio, y lugar de encuentro y tertulia de las damas santacruceras; las cuales, a las nueve de la noche, al tocar ánimas el reloj de San Francisco, encendían sus pequeños faroles y regresaban a sus domicilios.

Desde su origen, a la nueva plaza y su entorno se le trató de ennoblecer dándole un empaque del que carecían otras zonas de la ciudad; por ello, el Ayuntamiento acordó que las casas que se construyeran a su alrededor fueran altas y sobradas., tales como el Gabinete Instructivo, antigua casa Pallés y hoy Hotel Príncipe Paz, el Ateneo Tinerfeño, la Masa Coral, el Círculo de Amistad XII de Enero, etc.

En la actualidad, este entorno romántico continúa siendo un remanso de paz dentro de la ciudad, lugar de esparcimiento y solaz de los ciudadanos, donde se acude a pasear, a descansar, a leer, etc. gracias a su exuberante arbolado, formado por plátanos del Líbano y los citados Laureles de Indias.

En ella se celebran ferias de artesanía, conciertos de música, y actúan las agrupaciones líricas, rondallas, murgas, etc.

Este recoleto y acogedor remanso de paz ha sido ensalzado por los viajeros ilustres que nos han visitado. Uno de ellos, Fernando María de Baviera, en 1906, al acompañar a su cuñado Alfonso XIII en la visita del Archipiélago, la denominó “La plaza bonita”, halago que repetiría 14 años más tarde cuando, procedente de Chile, adonde había asistido como Embajador extraordinario del Gobierno Español a los actos organizados en el cuarto centenario del descubrimiento del estrecho de Magallanes, hizo escala en nuestro Puerto y se acercó de nuevo a visitarla.

Así como Jules Leclercq, escritor belga, autor del libro Viaje a las Islas Afortunadas (1879), que había venido a Tenerife atraído por la fama de su belleza, la describe así: “Hay detrás de la Iglesia de San Francisco un paseo que no tiene igual en parte alguna. En España no tiene alameda que le iguale; ni el Prado de Madrid, ni el Parque de María Cristina, de Sevilla, pueden comparársele. Este paseo, verdadero jardín de Armida, que se llama Plaza del Príncipe, está cubierto de magníficos laureles de India, que en pocos años han adquirido el tamaño de nuestras viejas encinas. Es la perla de Santa Cruz”.

Plaza del Príncipe (Carlos Schwartz y Mattos 1895-1910)
José Manuel Ledesma Alonso
Cronista Oficial de la Ciudad de Santa Cruz de Tenerife

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