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Casa de la Real Aduana

Es el edificio civil más antiguo que se conserva en el Puerto de la Cruz y elemento indispensable en las mejores fotos del entorno del viejo muelle pesquero. De estilo tradicional canario, fue fundada en 1620 por la familia Franchy. Posteriormente fue arrendada a la Real Hacienda para acomodar en ella las dependencias de la Aduana y como residencia de los almojarifes o administradores, hasta 1833 que este departamento pasó a Santa Cruz de Tenerife. 
Alrededor de la Casa de la Aduana existió, desde 1708 y hasta principios del siglo XX, la Batería de Santa Bárbara, de la que sólo se conserva la escalerilla de piedra para bajar al mar, construida en 1741. La pequeña fortificación constaba además de un muro empalizada, una garita y casillapolvorín. Estaba artillada con cuatro cañones para la defensa de los barcos que fondeaban en la zona del Limpio de las Carabelas, cerca de la punta del muelle viejo.
Ante la gran cantidad de buques que llegaban para cargar fruta, el alcalde solicitó a la primera autoridad militar el derribo de la empalizada y la garita para que de esta forma pudieran maniobrar mejor los camiones que trasladaban tales mercancías. 
Muchos son los usos que se han dado a la Casa de la Aduana desde su origen. Su misión inicial era gestionar y vigilar que las normas legales de tránsitos se cumplieran, pero no fue éste su único destino. Sus estancias bajas fueron también sede del Consulado Británico.
La Casa compartió los momentos más apasionantes de la historia local del Puerto de la Cruz, protagonista en fiestas, complots políticos, transacciones comerciales de dudosa legalidad, juegos, comidillas sociales, tertulias, conciertos y escandalosas huidas con damas de la alta sociedad.
Sus balcones y ventanas fueron testigos de numerosos actos y eventos que acontecieron más allá de sus paredes, formando parte de la extraordinaria configuración urbana que la ciudad tenía y que constituía uno de los centros de arquitectura doméstica más originales de Canarias.
En el Puerto de la Cruz surgió un nuevo modelo económico, el turismo, aunque éste se había ido desarrollando a la sombra de la actividad comercial desde inicios del S. XIX, transformando completamente la ciudad, pero desgraciadamente sin conservar el magnífico legado de su arquitectura.
La Casa de la Aduana sobrevivió a esta transformación urbanística gracias a la familia Baillon, quien adquirió la casa en 1963, usándola como residencia personal y a la vez manteniendo una parte abierta al público.
En 1997 el Cabildo de Tenerife compró la casa a la familia Baillon, la restauró y la ha convertido en centro sociocultural y de exposiciones. Su actual propietario, el Cabildo Insular de Tenerife, la rehabilitó y sus dependencias acogen actualmente una tienda de artesanía en la planta baja y el Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdahl (MACEW) en la parte alta del edificio.

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